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Ciencias y medicina en Asturias

 

"El amor es física y química. La vida no es más que un

proceso químico, pero un proceso químico hermoso."

 

Es un privilegio trazar la trayectoria de Severo Ochoa de Albornoz, una de las figuras más formidables de la bioquímica del siglo XX. Su vida no solo refleja la edad de oro de la biología molecular —aquella que pasó de estudiar la célula como un motor químico a entenderla como un sistema de información—, sino también las fracturas geopolíticas de un siglo que obligó a la ciencia española a florecer en el exilio.

A continuación, se detalla un análisis multidimensional de su vida, su obra y su impacto imperecedero.

Contexto familiar y formación (1905-1931)

Orígenes y juventud

Severo Ochoa nació el 24 de septiembre de 1905 en Luarca (Asturias). Hijo de un abogado y hombre de negocios que falleció cuando Severo tenía solo siete años, su infancia estuvo marcada por la mudanza familiar a Málaga. Fue allí, durante sus estudios de bachillerato, donde despertó su fascinación por la biología, catalizada por un hito literario y científico: la lectura de los textos de Santiago Ramón y Cajal. La figura del Nobel aragonés le inoculó la idea de que en España, a pesar de las deficiencias estructurales, se podía hacer ciencia de vanguardia.

La edad de plata madrileña

En 1922, Ochoa se trasladó a Madrid para estudiar en la Facultad de Medicina de la Universidad Central. Su alojamiento no pudo ser más propicio: la Residencia de Estudiantes, el epicentro cultural y científico de la "Edad de Plata" española, donde convivió con figuras de la talla de Federico García Lorca, Salvador Dalí y Luis Buñuel.

Sin embargo, el encuentro más determinante para su futuro científico fue con el fisiólogo Juan Negrín (futuro presidente del Gobierno de la República). Negrín, director del laboratorio de fisiología de la Residencia, detectó de inmediato el talento de Ochoa y, antes de que este se graduara, lo empujó a la investigación activa.

Primeras investigaciones

Junto a su compañero de estudios Valeriano Valenzuela, y bajo la tutela de Negrín, Ochoa publicó sus primeros artículos científicos. Su foco inicial fue el metabolismo de la creatinina en el músculo. Diseñó un método microquímico innovador para cuantificar este compuesto en tejidos animales, lo que le valió una beca para viajar al extranjero incluso antes de doctorarse en 1929.

El periplo internacional y el exilio (1931-1941)

Ochoa entendió tempranamente que la fisiología se estaba transformando en química. Su formación posdoctoral se convirtió en un viaje por los templos de la bioquímica europea:

  • Glasgow (1927): Su primera toma de contacto internacional, trabajando en el metabolismo de la creatina.

  • Heidelberg (1929-1930; 1936-1937): Trabajó en el laboratorio de Otto Meyerhof (Premio Nobel en 1922). Aquí Ochoa se sumergió en la bioquímica del músculo y la glucólisis. Meyerhof fue una influencia intelectual colosal; en su laboratorio, Ochoa comprendió la importancia de las enzimas en el control de las reacciones energéticas celulares.

  • Londres (1932-1934): En el National Institute for Medical Research, colaboró con Henry Dale (Nobel en 1936), investigando la enzima glioxalasa y la función del sistema nervioso.

La fractura de la Guerra Civil

Ochoa regresó a Madrid en 1934 para asumir la dirección de la Sección de Fisiología del Instituto de Investigaciones Médicas. Sin embargo, el estallido de la Guerra Civil Española en 1936 desmanteló por completo las estructuras científicas del país. Consciente de que el conflicto bélico ahogaría cualquier posibilidad de investigación, y dada la compleja posición política de su mentor Juan Negrín, Ochoa y su esposa, Carmen García Cobián, tomaron la dolorosa decisión de abandonar España.

El periplo del exilio lo llevó primero de vuelta al laboratorio de Meyerhof en Alemania, pero el ascenso del nazismo (Meyerhof era de origen judío) obligó a una nueva huida. Pasó por la Universidad de Oxford (1938-1940) trabajando con Rudolph Peters en la función de la vitamina B1. Finalmente, en 1941, ante la inminencia de la Segunda Guerra Mundial en Europa, emigró a los Estados Unidos, incorporándose primero a la Universidad de Washington en San Luis y, poco después, a la Universidad de Nueva York (NYU), donde desarrollaría el núcleo de su obra cumbre.

El hito científico y el Premio Nobel (1941-1959)

La energía del motor celular

En NYU, Ochoa se convirtió en un maestro de la enzimología. Durante los años 40 y principios de los 50, desentrañó mecanismos cruciales del metabolismo intermedio:

  1. Metabolismo de carbohidratos y ácidos grasos: Clarificó pasos clave del Ciclo de Krebs (el circuito bioquímico central de la respiración celular). Fue el primero en aislar la "enzima condensante" (citrato sintasa), que une el acetil-CoA con el oxaloacetato para iniciar el ciclo.

  2. Utilización de la energía (ATP): Estudió la fosforilación oxidativa, el proceso mediante el cual las células convierten los nutrientes en ATP (adenosín trifosfato), la moneda energética de la vida.

El descubrimiento de 1955: La Polinucleótido Fosforilasa

En 1955, mientras investigaba la fosforilación oxidativa en la bacteria Azotobacter vinelandii, Ochoa y su colaboradora franconesa Marianne Grunberg-Manago aislaron una enzima que revolucionaría la biología molecular: la polinucleótido fosforilasa.

Al introducir esta enzima en un tubo de ensayo junto con ribonucleótidos difosfato (las piezas de construcción del ARN), observaron que los unía covalentemente, generando una larga cadena de ácido ribonucleico (ARN) sintético.

El error histórico productivo: En aquel momento, la comunidad científica creyó que Ochoa había descubierto la enzima responsable de replicar el ARN in vivo (la "ARN polimerasa"). Años más tarde se demostró que la función real de la polinucleótido fosforilasa en la bacteria no era sintetizar ARN, sino degradarlo (romperlo). Sin embargo, la capacidad de esta enzima para fabricar ARN artificial en el laboratorio abrió la compuerta para descifrar el código genético.

El Premio Nobel de 1959

El 10 de diciembre de 1959, Severo Ochoa recibió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina, compartido con su antiguo alumno y amigo estadounidense Arthur Kornberg (quien había aislado la ADN polimerasa, la enzima que sí replica el ADN). El galardón premiaba sus descubrimientos sobre "el mecanismo de la síntesis biológica del ácido ribonucleico y del ácido desoxirribonucleico". Fue un hito que consagró a Ochoa en el Olimpo de la ciencia mundial.

El desciframiento del código genético (Años 60)

Tras el Nobel, el laboratorio de Ochoa en NYU se convirtió en uno de los cuarteles generales de la carrera más vibrante de la biología moderna: averiguar cómo las secuencias de cuatro bases del ARN se traducen en los 20 aminoácidos que forman las proteínas.

La rivalidad y colaboración con Nirenberg

En 1961, un joven y semidesconocido científico del NIH, Marshall Nirenberg (junto a J. Heinrich Matthaei), sacudió la ciencia al demostrar que un ARN sintético compuesto solo por uracilo (Poli-U) —fabricado precisamente con la enzima descubierta por Ochoa— producía una proteína compuesta únicamente por el aminoácido fenilalanina. El primer triplete estaba descifrado: UUU = Fenilalanina.

Esto desató una competencia feroz pero intelectualmente impecable entre el laboratorio de Nirenberg y el de Ochoa. Utilizando la polinucleótido fosforilasa, el equipo de Ochoa sintetizó polímeros de ARN con combinaciones específicas de bases (como adenina, citosina y guanina) para ver qué aminoácidos se incorporaban a las proteínas.

Aporte del laboratorio de Ochoa al Código Genético
Asignación de tripletes: Determinó la composición de bases de la inmensa mayoría de los codones (los tripletes de nucleótidos).
Mecanismo de lectura: Demostró que el código genético se lee en una dirección fija (del extremo 5' al extremo 3' del ARN).
Señales de puntuación: Contribuyó a identificar los codones de iniciación (que marcan dónde empieza a fabricarse una proteína) y de terminación (que marcan el final).

Aunque Nirenberg se llevó el reconocimiento principal (y el Nobel en 1968) por descifrar la secuencia exacta de los tripletes, las aportaciones metodológicas y experimentales de Ochoa fueron indispensables para completar la tabla del código genético.

Retorno, legado en España y dimensión humana

El regreso y la institucionalización de la bioquímica

A partir de la década de 1970, Ochoa comenzó a planificar su retorno a una España que iniciaba su transición a la democracia. No regresó con fines pasivos; su meta fue modernizar la infraestructura científica del país.

Su gran legado institucional fue la fundación en 1975 del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa (CBMSO), un esfuerzo conjunto entre el CSIC y la Universidad Autónoma de Madrid. Este centro introdujo los estándares de exigencia, mérito y conexión internacional de la ciencia anglosajona, convirtiéndose en la cantera de las siguientes generaciones de bioquímicos españoles (como Margarita Salas y Eladio Viñuela, quienes se habían formado con él en Nueva York).

Dimensión humana: Carmen y la filosofía de la vida

La vida personal de Ochoa es indisociable de su esposa, Carmen García Cobián. Ella fue su anclaje emocional, la gestora de su vida diaria y su compañera incondicional en el exilio. El propio Ochoa reconocía que sin ella nunca habría alcanzado el Nobel. Su fallecimiento en 1986 sumió al científico en una profunda depresión de la que nunca se recuperó del todo; dejó de publicar y su salud declinó rápidamente.

En el plano filosófico, Ochoa era un materialista convicto y un humanista profundo. No creía en fuerzas místicas; para él, la vida era el resultado de una complejidad molecular asombrosa pero explicable a través de las leyes de la física y la química. Es célebre su reflexión sobre la existencia, que resume su cosmovisión:

"El amor es física y química. La vida no es más que un proceso químico, pero un proceso químico hermoso."

Severo Ochoa falleció en Madrid el 1 de noviembre de 1993, a los 88 años. Fue enterrado en su Luarca natal junto a Carmen, legando al mundo una obra que transformó la medicina moderna y demostrando que la rigurosidad científica y la pasión profundamente humana pueden coexistir en una misma mente brillante.